“La Ley y el crimen se parecen en que sólo consiguen obediencia cuando despiertan temor”
Ernie Loquasto

Al igual que no otorgaría a los familiares de una víctima del cáncer de pulmón la potestad de legislar sobre el tabaco, una sociedad democrática moderna no puede, reeditando el “ojo por ojo” bíblico, poner la ley en manos de un sentimiento de venganza que, por más que comprensible e incluso fundado, resulta poco acorde con los principios de su norma fundamental: la Constitución.

Manifestación por la cadena perpetuaEs por eso que la pena de cadena perpetua, que se pide para los asesinos de la joven Marta del Castillo desde los círculos más cercanos y simpatizantes con la familia, sería un castigo que numerosos magistrados y expertos en Derecho Penal no han dudado en calificar de “retributivo y primitivo”, poco acorde con el carácter “humano y moderno” del ordenamiento jurídico español, orientado por ley hacia la rehabilitación de los presos. Y es así porque, según reza nuestra carta magna en su artículo 25.2, “las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social”.

Pero no es esta la única cuestión en la que el juicio público, el veredicto unánime de las masas, se ha arrogado la espuria atribución de impartir condenas, arrebatándola a los legítimos propietarios de su ejercicio, los tribunales. Algo similar ha sucedido con la masiva condena, no exenta de razón, que ha alzado la voz de la calle contra los medios de comunicación y las prácticas poco honestas que en algunos casos han protagonizado. Considero que es importante llegados a este punto, antes de entrar a analizar dichas prácticas, recordar a los lectores que cualquier sentencia, cualquier sanción emanada de un tribunal distinto al de la judicatura carece de valor, y constituye poco más que un termómetro parcialmente fiable para medir la temperatura del espíritu de un tiempo, de la opinión pública establecida de una época. Lo cual equivale a decir, más llanamente, que cualquier “caza de brujas” emprendida contra los medios por la ciudadanía no trascenderá de la mera pataleta si no es refrendada por el tercer poder del Estado, la Justicia, a pesar de andar revuelta últimamente.

Medios y caso MartaAsí que, como servidor no es licenciado ni entendido en leyes, sino un tímido enterado de todo aquello que emparienta con el periodismo y los medios de comunicación, se siente más cómodo hablando de periódicos, radios, televisiones y webs que de investigaciones, proposiciones de ley y abstrusas sentencias condenatorias. Y es que en el terreno de la comunicación resulta, como ya apuntaba Edu Sánchez en Soitu a principios de semana, que, tras salir a la palestra el tan traído y llevado “caso Marta”, los altavoces mediáticos de turno se han dado a la labor de divulgar sin precaución alguna “el relato —consentido o no—, las imágenes y datos íntimos de la víctima, sus amigos y los supuestos responsables del crimen” a lo largo y ancho de la geografía nacional, mundial y, si de falta de Internet (o vida inteligente) no adolecen, también marciana, alienígena y extraterrestre.

Así las cosas, la presuntamente negligente cobertura mediática habría contribuido a desatar en el pueblo sevillano, andaluz y español (no necesariamente por ese orden), una oleada de sentimiento de indefensión y pasiones de odio y venganza por encima de lo habitual en tragos tan amargos y difíciles de digerir como el que nos ocupa. “Alcasserización” han dado en calificarla algunos, sin duda con el recuerdo de aquél trágico precedente todavía fresco en sus memorias. Honestamente, no creo que sea necesario detallar aquí los pormenores, habida cuenta de que tantos otros con más autoridad que yo lo han hecho con admirable profundidad (aunque no siempre con equivalente cautela) a lo largo de la semana. Sirva de ejemplo esta cita, tomada del análisis elaborado por Enric González para El País:

Hay algo que deberíamos establecer con claridad: el “seguimiento mediático” no tiene nada que ver con el periodismo. Es espectáculo y entretenimiento, generalmente de mal gusto, pero no periodismo. ¿Es información? Sí, como las etiquetas de las conservas, las matrículas de los coches o la posición de las estrellas. El periodismo es otra cosa.

Ícaro Moyano, dircom de TuentiBastará con que aquí nos refiramos a la que, a mi juicio, ha sido la más flagrante de las equivocaciones cometidas: la utilización, poco prudente y con ánimo de lucro, de imágenes e informaciones de la víctima y sus presuntos agresores recabadas de la red social Tuenti, que estudia iniciar acciones legales contra medios. El director de comunicación de la web, el viejo conocido y admirado de la blogosfera Ícaro Moyano, no ha tardado en responder contundentemente a las críticas durante el transcurso de un coloquio sobre la web 2.0 celebrado en la Universidad Camilo José Cela de Madrid.

Como señala Ion Antolín en Blog y Medio, Moyano “defendió la seguridad que ofrece su red social frente a la inseguridad que generan en el usuario los medios convencionales que reproducen sus contenidos”. Asimismo, el dircom de Tuenti criticó a los medios de comunicación que han utilizado contenidos de la red social para extraer mensajes, perfiles y conversaciones entre amigos y personas del entorno de Marta del Castillo tras su desaparición, “desprotegiendo así su intimidad” y, añadiría yo, la de sus supuestos agresores.

Rojo y negroDe poco sirve levantar un dedo acusador contra medios concretos, como hemos visto hacer a la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), a la Federación de Sindicatos de Periodistas (FeSP) o a los Consejos del Audiovisual de Andalucía o Cataluña con el caso del programa “Rojo y Negro“, que emite Telecinco, por citar solamente uno. Por esa vía lo único que se consigue es trasladar el necesario debate deontológico a la “guerra de medios” que divide en la actualidad a las cadenas de televisión, diarios y emisoras de radio nacionales. Lo verdaderamente importante en este momento no es avivar la llama ya encendida de la escisión, sino señalar el camino, marcar las pautas que el periodismo serio debe practicar y las aspiraciones éticas que debe profesar para evitar que tengamos que lamentar errores como este en el futuro.

Todo lo demás es hacer leña del árbol caído y, por lo tanto, carece de sentido. Redundar en el hecho, de sobra conocido, de que la profesión está siendo atacada desde dentro por un bombardeo de periodismo basura es contraproducente o, cuando menos, innecesario. Dedíquense mejor, ilustres señores de las asociaciones de periodismo, a formar en valores constructivos a los profesionales del futuro y a buscar soluciones para los profesionales del presente. Pues no son ustedes quién, ni ninguna otra autoridad, para pedir seriedad a un periodista cuando ve peligrar su puesto de trabajo y sabe que los índices de audiencia, aún cuando se incrementan por medio de artimañas despreciables, son la única forma de garantizar el pan de sus hijos y el descanso de su esposa. Y, no se engañen, la muerte vende.

Mientras miremos sólo a los efectos y nos olvidemos de las causas, será imposible hacer frente a la inminente debacle de la responsabilidad social del periodismo. Y un servidor, fijándose con atención en cómo se practica de forma digna en numerosos medios, no se resiste a creer que todavía estamos a tiempo de salvar el oficio. ¿Cómo? Con menos catastrofismo y más proyectos de futuro, con menos autoflagelación y más medidas concretas y con menos charlatanería y más esfuerzo. El movimiento, como observó siglos atrás el cínico Diógenes, se demuestra andando. Andemos pues hacia un mañana mejor, sin echar la vista atrás ni lamentarnos del presente.

Más, y puede que mejor, sobre la cobertura mediática del “caso Marta” en:

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